Tres de Febrero

‘Cacho’ Novillo: “Alfonsín. Recoger su legado para honrar su memoria”

Un día como hoy, 31 de marzo del 2009, moría Raúl Ricardo Alfonsín. El país y el mundo se conmovieron ante su fallecimiento porque su figura había trascendido las fronteras de la Argentina. El dolor ante lo irreparable cruzó el corazón de la inmensa mayoría de los ciudadanos argentinos sin distinción ideológica. El pueblo, entre quienes estaban los radicales, como él, y quienes no lo eran, se estremeció.

Desde aquel último día de marzo de 2009 y hoy, al cumplirse un nuevo aniversario de su fallecimiento, el recuerdo de Alfonsín está intacto y se refuerza día a día porque en el seno de la sociedad hay una inequívoca coincidencia, que Raúl Ricardo Alfonsín fue el “Padre de la democracia” en la Argentina pues, bajo su liderazgo, la democracia volvió a imperar con las elecciones del 30 de octubre y, luego, con su asunción como presidente de la Nación el 10 de diciembre de 1983. El país dejaba atrás por entonces siete años de dictadura, la más atroz que reconozca su historia política, institucional y social.

Alfonsín no sólo fue un hombre, un político y un presidente de probada honestidad, sino que dejó una huella indeleble en su acción porque, cuando le tocó ejercer la primera magistratura o en el llano, no cejó ni un instante en poner como prioridad la defensa de los intereses de la Nación y de la ciudadanía argentina por encima de cualquier otra cuestión.

Dio, en ese marco, palmarias muestras de su compromiso con la lucha por la democracia, la libertad, la defensa irrestricta de los derechos humanos, el imperio de la ley, la atención de los sectores sociales más humildes y vulnerables. Durante su gobierno cumplió la ciclópea tarea de procurar restañar las heridas que había generado la dictadura con el quebranto del tejido social a partir de la represión ilegal ejercida por los militares que, además, embarcaron al país en una demencial guerra con una de las potencias del planeta.

Alfonsín cumplió, como debía hacerlo, con sus promesas de campaña cuando era candidato presidencial. Generó las condiciones para que la Justicia sentara en el banquillo de los acusados y condenara, dentro del marco de la ley, a los responsables de la violación de los derechos humanos que se había producido en el país y, también a los miembros de las organizaciones que empuñaron las armas para responder con violencia a la violencia.

Desterró las hipótesis de conflicto con los países hermanos de la región, tanto con el acuerdo de paz con Chile, por el diferendo limítrofe en torno al canal de Beagle como con los acuerdos de integración que selló entonces con su colega de Brasil, José Sarney. Junto a éste último y el entonces presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, sentó las bases de la creación del MERCOSUR y, al mismo tiempo, llevó adelante no sólo la prédica sino la acción efectiva en procura de persuadir a los grandes potencias del mundo para que desistieran de intervenir en los asuntos internos de otras naciones de Centroamérica para que respetaran el principio de la autodeterminación de los pueblos. Debió soportar la incomprensión de aquellos que anteponían sus propios intereses al bienestar general pero no desistió jamás de la incansable tarea de persuadirlos con ideas, argumentos y sin apelar a la vía de la imposición aunque ello significara pagar costos políticos.

Luego, tardíamente, sobrevinieron los arrepentimientos de aquellos que lo combatieron.

Sería imposible enumerar cada acción que Alfonsín desarrolló desde su gobierno para intentar ayudar a conquistar todas las aspiraciones que, por entonces, acuñaba la sociedad argentina pero quedó, como un símbolo de su lucha por la consolidación de la democracia, haber cumplido con su objetivo de entregar los atributos de mando, cuando estuvo en condiciones de hacerlo, a otro presidente ungido por la voluntad popular para salvar la democracia y la convivencia de los argentinos en medio de una durísima crisis social.

El evocar a Alfonsín, de manera inexorable, solemos recordarlo cuando en sus discursos de la campaña del ’83 instaba a mancomunar esfuerzos para hacer realidad el anunciado de parte del preámbulo de la Constitución. No lo hacía al influjo de prácticas de marketing proselitista sino porque creía firmemente en que era imprescindible emprender, en aquel entonces, el enorme desafío de llevar adelante la tarea de “…constituir la unión nacional; afianzar la Justicia, consolidar la paz interior; proveer a la defensa común; promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino…”. En ese objetivo no dio un solo paso hacia atrás.

Alfonsín, desde el llano después, no se apartó del camino que toda su vida estuvo signado por sus convicciones de radical. Su obsesión fue siempre la búsqueda de los consensos entre quienes pensaban parecido e, incluso, entre sectores que tenían posiciones que eran o aparecían, en determinados momentos, en aquellos tiempos, como antagónicas. Jamás concibió a quien pensaba distintos como un enemigo sino tan solo como un circunstancial adversario al que siempre intentaba persuadir.

Al cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Raúl Ricardo Alfonsín, su figura sigue siendo un ejemplo, un norte a seguir para aquellos que abrazan la militancia política. Recoger su legado, tal vez, sea, la mejor manera de honrar su memoria.

Jorge “Cacho” Novillo
Dirigente de la Unión Cívica Radical
Tres de Febrero

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